«Detrás Del Espejo»

«Detrás Del Espejo»

Había un lugar donde todos llevaban disfraces, no por obligación, sino porque no sabían hacer otra cosa. Era un carnaval sin fecha, extendido por todos los días, donde las sonrisas estaban hechas de cartón, y los pensamientos se ensayaban como un guion.

Uno de ellos —llamémosle El Otro— decidió no cambiar de atuendo. Su indumentaria era parte de su piel. Mientras los demás intercambiaban rostros, él se quedó con el que había forjado a fuego lento. No era por rebeldía, sino porque no podía ser de otro modo. Su alma, en vez de bailar en la plaza, lo contemplaba desde adentro, quieta, sin palabras.

La gente gritaba por respuestas, como si no fueran parte del problema. Discutían en voz baja sobre la verdad, pero cuando llegaba el momento de hablar de sí mismos, preferían quedarse mudos. Era más cómodo repetir lo que complacía, mantener la fachada, y con el tiempo, esa máscara se volvía piel.

Allí nadie sabía quién era quién. Todo parecía una imitación del mismo modelo. Pero El Otro no tenía patrón, ni reglas, ni fe impuesta. El temor a quedarse sin nada, a ser solo hueso y esencia, los mantenía aferrados a sus trajes.

Un día, alguien preguntó: “¿Esto no es un festival constante?” Pero nadie respondió. No porque no supieran, sino porque no querían aceptar que llevaban años celebrando una mentira.

La humanidad no cesa de buscar lo que nunca ha perdido. Muchos se disfrazan por pudor, otros por miedo, y algunos porque nunca aprendieron a mirarse. Pocos quieren admitir que debajo de la diferencia… hay un mismo rostro.

El Otro cuestionó: “¿Qué fue primero, ustedes o sus formas?” Y nadie pudo contestar sin mirar al suelo. Inventaban ideas para justificar su papel, como si vivir fuera una obra que debiera impresionar a un público invisible.

Cuando quiso, El Otro rompió el velo. Y lo hizo sin odio, solo con intención. No era una amenaza, sino una invitación: dejar los disfraces colgados en el vestidor de los días. No como castigo, sino como liberación.

Y no lo agradecieron con palabras, sino con una mirada distinta. Porque por primera vez, alguien los había visto sin juicio. Y eso, en un mundo de escenografías, era un acto de amor.


«La Sala de los Espejos» (Segunda Parte de «Detrás del Espejo»)

Después de que El Otro quitara la primera careta, algo extraño ocurrió. No fue un escándalo, ni una revolución ruidosa. Fue más bien un silencio espeso, de esos que aparecen cuando alguien dice lo que nadie quiere escuchar.

Algunos huyeron. No por miedo a El Otro, sino por temor a la propia imagen que descubrieron reflejada en él. Aquello que tanto habían evitado ver: sus gestos aprendidos, sus frases sin raíz, sus sonrisas heredadas. De repente, todo eso parecía ajeno, innecesario. Y dolía.

Otros se quedaron quietos, como si hubieran olvidado cómo moverse sin instrucciones. Habían vivido tanto tiempo actuando, que no sabían si aplaudir o llorar.

Pero hubo unos pocos —muy pocos— que no miraron hacia afuera. En vez de buscar una nueva máscara, miraron hacia dentro. Ahí, en ese rincón donde el alma no grita pero tampoco se calla, encontraron algo que no tenía nombre, ni forma, ni miedo.

El Otro no dijo más. Sabía que las palabras pueden ser útiles, pero también pueden servir de nuevo disfraz. Así que se fue a caminar entre la gente, con la misma ropa, el mismo rostro y la misma intención: vivir sin teatro.

Pronto apareció un sitio que antes no estaba: una sala sin techo, sin muros, sin faroles. Solo espejos. Cada uno mostraba un reflejo distinto, pero no físico. Reflejaban deseos ocultos, pensamientos no dichos, heridas que nunca sanaron.

La gente comenzó a entrar, unos con desconfianza, otros con curiosidad. Allí no podían mentir. Los espejos no reflejaban lo que querían mostrar, sino lo que necesitaban ver.

Al principio, fue insoportable. ¿Quién puede verse tal como es, sin romperse un poco? Pero después… algunos empezaron a reír. No por burla, sino por alivio. Como si hubieran estado cargando un peso invisible toda su vida, y por fin alguien les hubiera dicho: «No tienes que seguir fingiendo.»

No todos cruzaron la sala. Algunos se marcharon buscando otro carnaval donde esconderse. Pero los que salieron por el otro lado, aunque heridos, salieron nuevos. Sin adornos. Con un rostro más humano. Más verdadero.

Y El Otro, viéndolos de lejos, sonrió por dentro. Porque no quería seguidores, ni discípulos, ni adoradores. Solo quería que cada uno encontrara el valor de ser quien ya es.

Y mientras el mundo seguía girando entre luces falsas y trajes apretados, en aquella sala sin techo comenzaron a sembrarse semillas. De esas que no florecen para que otros las vean, sino porque ser raíz también es una forma de libertad.

soñar desde adentro y renacer día a día.
(Escribo Para Que El Silencio No Duela.)
Natuka Navarro – Luna Poetiza

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