«El Apostador del Destino»

«El Apostador del Destino»


El viento de la noche comenzaba a levantar murmullos entre los árboles del jardín, como si la tierra misma comentara en voz baja la decisión del apostador. Él no se inmutó. En su rostro no había la exaltación de una epifanía, sino la serenidad de quien ha aceptado su propia ignorancia con humildad.

En la pequeña mesa junto al sillón, un libro abierto yacía como testigo mudo. Era un volumen de filosofía, manoseado, subrayado en los márgenes con una caligrafía que el tiempo había vuelto temblorosa. Había buscado durante años respuestas en las palabras de otros, como si la verdad se escondiera entre párrafos bien construidos. Pero ahora comprendía que, a cierta altura de la vida, el conocimiento se convierte en una linterna inútil frente a la vastedad de lo desconocido.

No temía a la muerte —esa idea ya le era familiar, casi una vieja vecina que saludaba desde la ventana. Lo que le pesaba era la posibilidad de no haber amado lo suficiente. De no haber agradecido cada instante con la gratitud sagrada que merecen las cosas pequeñas: un rostro querido, un amanecer silencioso, la carcajada inesperada de un niño en la calle.

Recordó entonces a su madre, que rezaba sin pedir nada, como si conversar con lo invisible fuera una forma de mantener el alma despierta. Y pensó que quizás, solo quizás, eso era la fe: no la certeza, sino la apertura. El acto de inclinarse con reverencia ante lo que no se comprende, sin exigir pruebas, sin prometer nada a cambio.

El apostador se levantó despacio, como quien cierra con cuidado una historia importante. Entró en la casa, apagó la luz del corredor, y antes de cerrar la puerta del balcón, miró una vez más al cielo. La primera estrella seguía ahí, diminuta y lejana, pero viva. No pidió deseos. Solo susurró un “gracias” que el viento se llevó.

Esa noche durmió en paz. No porque hubiera resuelto el enigma de la existencia, sino porque había aprendido a respetarlo. Y eso, quizá, era ya una forma de verdad.

soñar desde adentro y renacer día a día.
(Escribo Para Que El Silencio No Duela.)
Natuka Navarro – Luna Poetiza

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