
«La Playa De Los 70»
Fue una mañana tibia en la costa. El sol aún no apretaba, pero ya brillaba como si supiera que ese día iba a quedar atrapado en una fotografía. La arena estaba limpia, sin rastros de plástico, colillas ni parlantes gritando reguetón. Solo el sonido constante del mar y alguna que otra risa dispersa entre las olas.
Allí estaban: hombres con barrigas naturales, mujeres con caderas sin miedo, niños llenos de sal y libertad. No había selfies, ni poses ensayadas. Nadie tenía prisa. Nadie huía de la imagen. Todos vivían en ella.
Un grupo de amigas, sentadas en toallas de flores, charlaban sin mirar relojes.
—¿Te has fijado en lo rápido que crecen los niños? —decía una.
—Y en lo lento que se cocina el arroz con leche —respondía otra, entre risas.
Nadie mencionaba el colesterol. Nadie preguntaba por el gimnasio. Las arrugas eran marcas del sol, del viento, de los años vividos, no problemas que necesitaban solución.
Un abuelo lanzaba piedras planas al mar, compitiendo con su nieto.
—Gané otra vez —dijo el niño.
—Sí, pero yo lancé más lejos —respondió el viejo, orgulloso, sin importar la lógica.
En esa playa, no había tatuajes, pero sí historias en la piel: cicatrices de juegos, de trabajos duros, de nacimientos. No había gafas de sol Ray-Ban ni protectores de 50 FPS, pero sí sombreros de paja, sombra de sombrillas, y madres untando a los niños con esa crema espesa y blanca que olía a coco y a confianza.
Nadie tenía móviles, pero todos estaban “en línea”: conectados con una mirada, una carcajada, una conversación sin interrupciones. Y cuando caía el sol, las conversaciones seguían con termos de café y galletas húmedas de mar.
Claro, no todo era perfecto. No todos cabían en esa foto. La diversidad era una promesa aún incumplida. Pero la bondad… la bondad se respiraba.
Eran tiempos en los que las palabras aún tenían peso. Cuando un “te quiero” no se mandaba con emojis, sino con una carta escrita con la letra torcida y el corazón firme. Cuando el “cómo estás” venía con pausa y espera. Donde las opiniones se decían al oído, no al algoritmo.
Hoy miramos esa foto y nos preguntamos dónde están los tatuajes, los móviles, las gafas, la diversidad, la conciencia médica… Y está bien preguntarlo. Hemos ganado cosas.
Pero a veces, solo a veces, uno se pregunta si no hemos perdido algo también: el valor del momento presente, el goce sin testigos digitales, la bondad sin pose.
Quizá, si escuchas con atención, aún puedas oír el rumor de esas olas…
y recordar que hubo un tiempo donde no había prisa,
solo palabras… y la voluntad de quedarse un poco más.
«Escribo Para Que El Silencio No Duela»
Natuka Navarro — Luna Poetiza



