«El Árbol Frondoso»

«El Árbol Frondoso»

En un principio, la rama era solo una promesa,
un pequeño apéndice verde en el tronco de la pena.
Frágil y delgada, mirando al sol con timidez,
soñando con la altura, la sombra y la solidez.
Nacida en el silencio de un invierno olvidado,
sintió el frío y la escarcha como un destino sellado.
No tenía hojas, ni flores, ni un nido en su regazo,
solo la esperanza de un futuro, paso a paso.

Se alimentaba del aire, del rocío de la noche,
con un deseo insaciable que se volvía derroche
de energía pura, en un viaje sin final,
desde el corazón de la tierra hasta el sol matinal.
El tiempo la vio crecer, lenta pero segura,
superando la tormenta, la helada y la dura
realidad de ser solo un fragmento de lo que era,
esperando la estación, la bendita primavera.

Sus venas se hicieron fuertes, su corteza, un escudo,
contra el viento que a veces la encontraba mudo
de asombro al ver su temple, su voluntad de hierro,
una danza silenciosa en el más profundo encierro.
Llegó el sol de marzo, con su calor templado,
y cada yema, un secreto, fue por fin revelado.
Pequeños brotes tiernos, un manto de color,
vestían su cuerpo humilde con un nuevo fulgor.

La rama dejó de ser solo eso, una rama,
para convertirse en la más dulce y verde llama.
Cada hoja, un suspiro, un espejo de la luz,
un pequeño universo que se alzaba hacia la cruz
celestial del sol, en una búsqueda infinita,
de la vida que se expande, de la sabia que habita
en cada fibra íntima, en cada latido interno,
en la fuerza ancestral de lo efímero y lo eterno.

Sus raíces, profundas, se aferraron al suelo,
mientras sus hojas creaban un nuevo firmamento.
No era una rama solitaria, sino un cuerpo completo,
una catedral de vida, un frondoso arquitecto
que construía su historia con paciencia y con amor,
sin un ruido estruendoso, solo con su rumor.
El viento, al pasar, ya no la zarandeaba,
en sus ramas el canto de los pájaros sonaba.

Se hizo un árbol inmenso, frondoso y bello,
un refugio de almas, con un manto de destello.
Su sombra, un bálsamo en el calor del verano,
un lugar para el descanso, el encuentro de la mano.
En su tronco, la vida dejó su huella marcada,
historias de niños que en sus brazos se anidaban.
Se hizo el hogar del búho, la morada del gorrión,
la razón de la existencia de un pequeño corazón.

Y así, la rama que un día fue insignificante,
se convirtió en un símbolo, en algo dominante
en el paisaje, en el corazón de la gente.
Un monumento vivo, hermoso y transparente,
que enseña que la grandeza no reside en el inicio,
sino en la voluntad de superar el precipicio,
de cada herida, de cada dolor y de cada luto,
para florecer al fin, en un frondoso fruto.

Y al final de la jornada, al llegar el atardecer,
el árbol frondoso sigue creciendo, sin dejar de ser
la rama que un día fue, la promesa que nació
de la nada, y que al mundo con su belleza vistió.
Una lección de vida, una melodía eterna,
el triunfo de la esperanza que siempre se discierne
en el verde profundo, en el rumor de las hojas,
en la historia de una rama que el tiempo no despoja.

soñar desde adentro y renacer día a día.
(Escribo Para Que El Silencio No Duela.)
Natuka Navarro – Luna Poetiza

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