
«El Poema Que No Quería Terminar»
¿Qué ocurre cuando un poema no termina?
Se queda andando por los pasillos, con botas de alquitrán,
murmura en las puertas con llave, se apoya en los marcos
y no se va.
Empieza como un golpe de madrugada:
relojes sin agujas que marcan la espera,
espejos que devuelven todo menos el rostro,
cartas quemadas que aún huelen a perfume de otra vida.
El verso se estira como sombra en el muro del manicomio,
no busca alas; pule cadenas.
Cada estrofa abre una cripta y la cierra con cuidado
para que el pasado no salga corriendo por las escaleras.
Aquí la noche no llega: permanece, hace guardia.
Los pasos repican en un corredor vacío
y la voz se convierte en anuncio de óxido.
Hay un rito en cada coma: lento, ceremonial,
como un ataúd bajando escaleras que nadie apura.
La belleza crece como musgo sobre lápidas: húmeda, insistente,
y el deseo prohibido se duerme con la mano en la boca.
El poema gótico es eso: un país donde la pena tiene pasaporte,
donde la culpa compra pan y el miedo aprende a tejer.
Imágenes en fila, como soldados que no marchan:
— una ventana que mira hacia adentro,
— una vela que se apaga y perdona,
— un ruiseñor que olvidó su canto y ahora llama a un nombre falso.
La retórica se viste de luto y la metáfora se vuelve peso.
No es oscuridad por gusto; es el peso del duelo que no se confiesa,
la derrota que se explica a sí misma en voz baja.
Y sin aviso llega la antipoesía.
No entra en procesión; entra con los bolsillos llenos de migas,
con el zapato roto, el café frío en la mano.
Se planta en medio del coro gótico, se saca la boina, y dice:
— ¿Y todo esto para qué?
No pide permiso. Escupe al altar con una risa cortada,
levanta la manga y muestra las costuras del sufrimiento: deudas, facturas, zapatos viejos.
La antipoesía es la que devuelve la realidad al bolsillo del poeta.
Entonces el poema, que se creía eterno, se sorprende.
Porque la antipoesía no quiere altares ni velas; quiere el ruido del tren,
la verdad que duele sin música, la frase que cae y rompe el cristal.
Un verso solo —claro, áspero, sin adorno— abre la grieta:
El amor no se murió.
Te dejó.
Y ya.
Ese golpe corta el hechizo.
No es redentor; es práctico.
No salva al poeta; lo deja de pie, con las rodillas llenas de tierra,
sin la teatralidad del dolor.
La antipoesía barre las telarañas con una escoba de cocina,
desnuda la catástrofe y la muestra en el piso, para que no se repita.
¿Pueden convivir? Sí.
En el poema largo —no largo por pereza, sino largo por camino—
hay una sala gótica y, después, una cocina con una bombilla desnuda.
Primero la catedral que se derrumba sola: bóvedas, ecos, fantasmas del pasado.
Luego la antipoesía: alguien enciende un fósforo y dice:
— Hace frío. Vamos a hacer una fogata con tus poemas.
Y enciende un trozo de verso. Huele a papel quemado y a liberación.
El tránsito es así: del exceso ceremonial al cuchillo seco.
Del coro al chiste cortante.
Del «¿por qué?» a «ya basta».
La estructura cambia: párrafos que eran criptas se vuelven bancos de plaza,
las metáforas se quitan el frac y se ponen vaqueros.
La solemnidad se convierte en gesto cotidiano: taza rota, zapato en la escalera, circulares de luz en el suelo.
Y entonces el poema aprende a reír de su propia gravedad.
La risa no es burla: es reconocimiento.
El poeta ríe de sí mismo y la risa rompe la etiqueta del duelo.
La antipoesía no niega el dolor; lo trata como lo que es: una molestia humana, no un medallón.
Así, en el tramo final, el poema se queda en lo esencial:
una banca de madera bajo un árbol sin carteles,
un café frío sobre la mesa, la postal de un verano roto,
un cartel pequeño que dice: «Aquí ya no pasa nada. Puedes irte.»
Y uno se queda. No por masoquismo, ni por ego, ni por pena.
Por paz.
Porque hay dolores que necesitan mil versos, lo sé.
Y otros que sanan con uno solo: directo, claro, sin música.
El arte, tal vez, no es elegir entre sombras o escobas,
sino saber cuándo tocar la campana y cuándo abrir la puerta.
El poema que no termina aprendió a cerrar la ventana.
No con drama, sino con una puntada firme.
Cuelga su traje de luto en la percha del cuarto y se sirve un café,
mira la ciudad que no le debe nada y se marcha.
No en busca de la luz: en busca de la vida cotidiana.
Y si vuelves a preguntar —qué ocurre cuando un poema no termina—,
respóndele: ocurre que se hace hogar, y a veces, hoguera.
Ocurre que aprende a ser útil: dar abrigo o encender fuego.
Ocurre que, cuando todo pasa, queda una taza fría, un zapato roto,
un verso a medio quemar que huele a gloria y a leña.
Así termina —no con solemnidad, sino con un gesto simple—:
un fósforo apagado entre los dedos,
la ceniza en el bolsillo,
y la certeza tonta y buena de que el poema ya no necesita fingir tristeza.
Se queda, muy quieto, siendo únicamente lo que ha sido: palabra usada,
y eso, en el fondo, es suficiente.
soñar desde adentro y renacer día a día.
(Escribo Para Que El Silencio No Duela.)
Natuka Navarro – Luna Poetiza



