
«El Duende Y La Condesa Una Sinfonía De Poemas»
En los viejos jardines del olvido, donde las fuentes cantaban susurros de antaño y el aire olía a tinta fresca y pergamino añejo, apareció un día, sin que nadie supiera de dónde, el Duende de la Escritura. No era un duende común; sus ojos brillaban con la luz de mil rimas y sus manos, pequeñas y ágiles, tejían palabras en el aire.
Su llegada fue un dulce torbellino. Por los rincones, sobre los bancos de piedra cubiertos de musgo, y hasta en las hojas caídas del otoño, el duende plantó sus «dulces versos de chocolate y nata». Eran Haikus, breves y perfectos, como bombones que se deshacían en la boca del alma. Un día, la Condesa de la Poesía, una mujer de cabellos plateados y mirada profunda que dedicaba su vida a coleccionar la belleza de las palabras, encontró uno de ellos, escondido en la copa de una rosa:
Nata en el aire,
Dulce verso que se esconde,
Chocolate el alma.
La Condesa sonrió. Su corazón, a veces tan lleno de pesadumbre por la falta de inspiración, sintió un ligero cosquilleo. Sabía que no estaba sola.
El duende, juguetón como el viento entre las ramas, no se conformó con los haikus. Decidió desafiar la solemnidad del lugar, y así, en los lúgubres corredores del castillo de la Condesa, donde las sombras danzaban al ritmo del tiempo, comenzaron a aparecer los «sonetos de manzana sin pelar». Estos Sonetos, con su estructura perfecta de catorce versos, eran enigmas, reflexiones profundas sobre la belleza natural, a veces un poco áspera, como la piel de una manzana sin despojar.
Un día, la Condesa encontró uno de estos sonetos en su atril de lectura, junto a un libro abierto de Rilke:
La piel tersa y verde, promesa interna,
Guarda el sabor de luz y de dulzura,
En cada mordisco, la vida eterna,
Silencio el alma en su envoltura pura.
No despojes la esencia, ni la prisa,
De su corteza rústica, su velo,
Pues cada marca es historia precisa,
De sol y lluvia, de tierra y el cielo.
Poema, desnudo y sin artificio,
Presenta su verdad, sin veladura,
En su simpleza encuentra el beneficio,
De ser un eco del tiempo, voz pura.
Y como fruta, en su ciclo perfecto,
Nos entrega su ser, sin desafecto.
La Condesa no solo admiraba la maestría de estos sonetos, sino que también percibía un mensaje en ellos: la belleza reside en lo auténtico, en lo que no necesita ser pulido para brillar.
El duende, viendo el interés de la Condesa, decidió dar un paso más. Empezó a dejarle Odas grandiosas, versos que celebraban la vida, la naturaleza y, en especial, la propia poesía. Estas Odas eran como la crema más exquisita sobre el chocolate, un canto jubiloso que resonaba en los salones y traía luz a los rincones más oscuros. Una vez, encontró una oda al lápiz, su fiel compañero de escritura, que la conmovió hasta las lágrimas.
Pero no todo era dulzura y celebración. El duende, con su innata curiosidad, también comenzó a susurrar Baladas al oído de la Condesa mientras dormía. Estas Baladas narraban historias antiguas, leyendas de amor y pérdida, de héroes olvidados y de la magia oculta en el mundo. Eran melancólicas y hermosas, como un cuento de hadas cantado al caer la noche, y a menudo contenían pistas sobre el propio misterio del duende y su «aparición sin lugar».
Finalmente, en un gesto de confianza y profunda conexión, el duende le dejó a la Condesa un Poema en Prosa. No tenía rima ni métrica estricta, pero cada palabra, cada frase, estaba cargada de una emoción que trascendía la forma. Era un torrente de pensamiento y sentimiento, una confesión silenciosa de su existencia, su propósito, y la inmensa alegría que sentía al compartir sus versos con ella. Era el corazón del duende, desnudado sin artificios.
La Condesa, conmovida por esta sinfonía de formas poéticas, comprendió que el duende no era solo un mensajero de versos, sino un reflejo de la propia esencia de la poesía: diversa, libre, a veces estructurada y otras veces salvaje, pero siempre, siempre, llena de magia. Juntos, la Condesa y el Duende de la Escritura, se embarcaron en la misión de sembrar más poemas en el mundo, invitando a todos a saborear los dulces versos de chocolate y nata, y a desentrañar los sonetos de manzana sin pelar, transformando cada rincón del mundo en un lienzo para la poesía.
soñar desde adentro y renacer día a día.
(Escribo Para Que El Silencio No Duela.)
Natuka Navarro – Luna Poetiza



