«La Terraza de los Burros Sabios»

«La Terraza de los Burros Sabios»

Érase una vez, en el corazón de Córdoba, donde los patios bañados por el sol florecen con geranios y el aroma de los azahares se desliza por callejones ancestrales, algo verdaderamente peculiar se desarrolló.

Era una tarde perezosa, perfecta para un paseo. Yo deambulaba por una calle estrecha, perdido en la belleza de la ciudad vieja, cuando levanté la vista hacia una terraza. Y ahí estaba él. Un burro. No cualquier burro, fíjate, sino una magnífica criatura con ojos suaves e inteligentes, de pie tan tranquilamente como una estatua. Miraba hacia la bulliciosa calle de abajo, observando a los transeúntes con una expresión de profunda contemplación. La gente se detenía, miraba fijamente, señalaba, con la boca abierta ante la escena. «Soy la estrella aquí», parecía decir, «quizás tal cual no lo has notado».

Me hizo sonreír. Los humanos tenemos perros, tenemos gatos, pero el dueño de este animal claramente tenía una predilección por los burros. En ese momento, una voz desde el interior del edificio llamó: «¡Espero que mi compañera te haya enseñado!» Y luego, un extraño y melódico llamado resonó en la terraza: «¡Jiujiujiu!»

Para mi asombro absoluto, otro burro, tan sereno y sin prisas como el primero, apareció en la terraza. Y entonces, como si de una señal preestablecida se tratara, este segundo burro lanzó su propio «¡Jiujiujiu!», ¡y apareció otro burro! Antes de que me diera cuenta, la terraza era una convención peluda de cuatro patas. Había burros de todos los tamaños, masticando bocadillos invisibles, ocasionalmente dándose empujones, y todos observando la calle con esa misma mirada serena y conocedora.

La terraza estaba ahora llena, un cuadro de tranquilidad asnal. Justo cuando me preguntaba cuántos más podrían caber, una ventana se abrió con un crujido, y un hombre, presumiblemente el dueño, se asomó. Observó la escena de abajo —la multitud de curiosos hipnotizados, la terraza llena de sus queridos burros— y un brillo travieso iluminó sus ojos.

«Sabes», se rio entre dientes, «¡ustedes los humanos son más burros que estas encantadoras criaturas! Se detienen y miran fijamente, cautivados por su simple presencia. Ellos hacen mucho bien por nosotros y están extinguiéndose. ¿Pero ustedes? ¡Ustedes tal cual siguen multiplicándose!»

Sus palabras quedaron en el aire, una observación juguetona pero conmovedora. Y mientras me alejaba de esa inolvidable terraza en Córdoba, no pude evitar reflexionar sobre la sabiduría del hombre y su encantadora casa llena de burros. Fue un recordatorio de que a veces, las vistas más extraordinarias se pueden encontrar en los lugares más inesperados, y que quizás, hay un poquito de burro curioso en todos nosotros.

Soñar desde adentro y renacer día a día.
(Escribo Para Que El Silencio No Duela.)
Natuka Navarro – Luna Poetiza

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