
«El lamento de la inocencia cautiva»
Nadie se acuerda de los primeros pasos; la infancia es un lienzo en blanco que nos venden como un edén sin espinos, hasta que la realidad te vuela los dientes. A mí me llegó el golpe seco al cumplir los 18 años.
Cuando la biología decide cambiarte el cuerpo, ese dolor de tripa constante no es solo físico; es el aviso de que el mundo exterior empieza a mirarte como una presa. «Ya eres mujer», repetía el médico con una indiferencia que asusta, como quien te firma una condena en lugar de darte una explicación. Y luego el mandato de mi padre, que flotaba en el aire de casa: «Cuida tu cuerpo». Así que yo me bañaba a diario, obsesionada con una limpieza extrema para que él se sintiera orgulloso de su niña, sin entender ni un carajo del peligro real que ya estaba acechando en la acera.
Un día me puse aquella falda de mi madre, una minifalda. A ella le caía justo donde le tenía que caer, pero en mi cuerpo de dieciocho desató una tormenta de miradas cochinas en la calle. «Vas provocando, quítate eso que alguien te hará cosas malas», me gritó mi padre. Qué reducción tan absurda de la culpa. Yo no entendía nada: ¿por qué en ella era vestirse y en mí una provocación?
Y la maldita advertencia se cumplió. Un engendro de carne y hueso me destrozó la vida. Mi padre llegó a suplicar, a gritar un «¡Dejad a mi hija!» que se tragó el asfalto, pero el tipo me siguió, me cazó y me secuestró. Seis años. Seis años enteros metida en ese infierno donde la cara cruzada a golpes era la única respuesta cada vez que intentaba abrir la boca. En esos tiempos no sabíamos de leyes, ni de juzgados, ni de esas estructuras absurdas; el tipo se sentía el dueño absoluto de mi biografía.
Pero el sufrimiento también te da una lucidez feroz. Cuando por fin logré romper el círculo y regresé a casa de mis padres, el tipo seguía ahí. Impecable, plantado frente a la ventana día y noche, estropeando el paisaje, creyendo que su sombra todavía gobernaba mi vida. Hasta que un día me cansé y bajé. Siento que en ese preciso instante recuperé cada trozo de mi alma. Le grité la verdad cruda en su cara de espectro: «Me cogiste con 18 años y destrozaste mi fe. No me hiciste feliz, pedazo de asco. No supiste darme más que hiel y sufrimiento. ¡Vete de mi vida, viejo maldito, que ya no me sostienes los pasos!».
Aquel desperdicio, arrastrando sus 41 años de miseria, dio la vuelta y caminó hacia atrás, mirando de reojo, esperando que el miedo me hiciera llamarlo otra vez. Pero se encontró con una pared de fuego. Vete ya, viejo. La cuenta está pagada, la herida cierra y tu memoria, por fin, se pudre en el olvido.
Natuka Navarro – Luna Poetiza
Código de registro: 2607086322118
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