
«El Rostro Humano de la Necesidad»
Recuerdo que todos los domingos mi padre me sacaba a pasear. Para mí era una aventura sencilla y feliz. Caminábamos por las calles de la ciudad y muchas veces terminábamos entrando al metro para desplazarnos de un lugar a otro.
Sin embargo, hay una imagen que nunca desapareció de aquellos domingos.
Antes de llegar al andén, en las escaleras del metro, siempre había un hombre sentado pidiendo ayuda. No recuerdo su nombre. Ni siquiera sé si alguna vez llegué a escuchar su voz con claridad. Lo que sí recuerdo es su presencia.
Cada vez que lo veía, le pedía a mi padre que le diera unas monedas. Yo era una niña y no entendía muchas cosas de la vida, pero sentía que aquel hombre necesitaba ayuda. Más de una vez pensé que, si hubiera llevado comida conmigo, también se la habría dado.
Lo que nunca comprendí era por qué tenía que pedir.
Aquella pregunta me acompañó durante años.
No entendía cómo una persona podía llegar al punto de depender de la caridad de los demás para seguir adelante. Mientras otros caminaban deprisa hacia sus destinos, él permanecía allí, sentado en las escaleras, como si formara parte del paisaje cotidiano que casi nadie quería mirar.
Pasaron los años.
Trabajé toda mi vida. Me esforcé como tantas personas que creen que el trabajo es un puente seguro hacia la tranquilidad. Sin embargo, el tiempo me enseñó que la vida no siempre sigue los caminos que imaginamos.
Hoy, después de tantos años, vuelvo a recordar a aquel hombre.
Y lo recuerdo de una manera diferente.
Porque ahora comprendo algo que de niña no podía entender: nadie está completamente a salvo de la fragilidad de la existencia. A veces basta una enfermedad, una pérdida, una mala decisión o una circunstancia inesperada para que el suelo que parecía firme comience a temblar bajo nuestros pies.
En algunos momentos de mi vida he sentido que un paso más podía acercarme a la misma situación que tanto me impresionaba cuando era niña.
Y entonces vuelvo a ver aquellas escaleras.
Vuelvo a ver a aquel hombre sentado.
Vuelvo a escuchar mi propia pregunta infantil.
Quizás nunca encontré una respuesta definitiva. Pero sí aprendí algo: detrás de cada persona que pide ayuda hay una historia que desconocemos, una lucha silenciosa y una dignidad que merece ser respetada.
Aquel hombre no desapareció cuando terminé mi infancia.
Sigue sentado en algún rincón de mi memoria, recordándome que la compasión es una de las pocas riquezas que nunca deberían faltarnos.
Natuka Navarro – Luna Poetiza
soñar desde adentro y renacer día a día.
(Escribo Para Que El Silencio No Duela.)
Natuka Navarro – Luna Poetiza
«El Mito Que Habita en Mí»
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