
«La Vecina Del Quinto»
Aquel día no tenía nada de especial. El cielo estaba algo nublado, y el reloj de la cocina marcaba las diez y cuarto cuando sonó el timbre. Ella estaba fregando los platos del desayuno y, al secarse las manos con el delantal, pensó: ¿quién será tan temprano?
Al abrir, se encontró con la vecina del quinto, una mujer de rostro redondo y mirada siempre en el suelo. No hablaban mucho, apenas un “buenos días” en el ascensor y un par de sonrisas en la portería.
—Perdona que te moleste… ¿tienes un poco de sal?
Ella asintió y la invitó a pasar. Buscó la sal en la alacena y, sin saber muy bien por qué, también sacó dos tazas y puso agua a calentar.
—¿Te apetece un café?
La vecina dudó, pero aceptó con un gesto tímido. Se sentaron en la mesa de la cocina, entre el aroma del café recién hecho y el sol que ya se colaba por la ventana.
—Nunca me había sentado a tomar algo con nadie —dijo la del quinto, con los ojos empañados—. Me mudé hace seis meses, pero… no conozco a nadie.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue cálido, como una manta tejida a mano.
—Aquí tienes tu sal… y tu café —respondió ella con una sonrisa tranquila—. Y cuando quieras, baja de nuevo. A veces una taza y un poco de compañía pueden cambiar un día entero.
Esa mañana no pasó nada extraordinario. Solo dos mujeres compartieron café, sal y silencio.
Pero desde entonces, cada martes a las diez y cuarto, la vecina del quinto toca el timbre.
Y ya no pide sal. Solo café. Y compañía.
(Escribo Para Que El Silencio No Duela.)
Natuka Navarro – Luna Poetiza



