
«Pequeño Corazón de Yorki»
I.
Asoma el sol en la ventana tibia,
y un movimiento capta la atención:
es una sombra, vivaz y en la zozobra
de un mundo nuevo, pura exploración.
Un Yorkie chiquitín, de ojos tan negros
como aceitunas, brillos de carbón,
con esa mirada que deshace hielos,
y un alma inmensa en cuerpo de botón.
Sus orejitas, puntas que se yerguen
alertas a la brisa, a un susurrar,
parecen antenas que mensajes vierten
de pura dicha y ganas de jugar.
El pelo suave, como hebra de seda,
con tonos de ceniza, oro y betún,
promete enredos, nudos en la seda,
y al acariciarlo, quita el infortunio.
II.
Patitas cortas, ágiles y prestas,
deslizan sobre el suelo sin parar,
buscando un juguete, nuevas conquistas,
o un hueco cálido donde descansar.
Un andar saltarín, de gracia innata,
como si un duende hubiera despertado,
con cada brinco, el corazón desata
una cadena de amor inmaculado.
Su nariz húmeda, botón de obsidiana,
husmea el aire, curioso y sin temor,
pequeño explorador de la mañana,
radiante estrella, fuente de calor.
Los dientes de leche, diminutos y afilados,
una mordida juguetona, sin maldad,
recuerdan que es un ser recién llegado,
con toda la inocencia y la verdad.
El rabito alegre, siempre en movimiento,
como un metrónomo de pura felicidad,
marca el compás de cada sentimiento,
¡qué bella y tierna su vitalidad!
III.
Cuando se acurruca, ovillo diminuto,
sobre la manta o en tu propio regazo,
su calor es bálsamo absoluto,
borrando penas con su dulce abrazo.
Un ronquido leve, como de juguete,
acompaña el sueño que le ha vencido,
mientras sus patas sueñan con un flete
de aventuras que aún no ha vivido.
Es confianza pura, fe sin medida,
la que deposita en cada despertar,
su lealtad es una joya pulida,
dispuesta siempre a dar y a regalar.
En su pequeño ladrido agudo y fino,
hay una alarma, un aviso, una canción,
que dice “aquí estoy”, “contigo camino”,
“eres mi mundo, mi única razón”.
Es un pequeño león en cuerpo enano,
valiente a veces, tierno sin igual,
un gran tesoro en tu propia mano,
un Yorkie adorable, un amor tan real.
IV.
Así transcurren los días, la existencia,
marcada por sus juegos y su paz.
Su presencia es una dulce esencia,
que transforma el hogar, le da solaz.
Un compañero fiel, un amigo eterno,
con su mirada tierna y su querer,
rompiendo el hielo, apartando el invierno,
¡qué gran regalo es un Yorkie para ver!
Desde su pelaje brillante y sedoso,
hasta su alma inquieta, llena de vivacidad,
este cachorro es todo un don precioso,
un pedacito de cielo, pura felicidad.
V. Epílogo: Corazón que Enseña
(Eco poético inspirado en el sentir de la autora)
En su latido breve cabe el universo,
la fe sin duda, el amor sin condición;
no habla con lengua, pero su silencio
sabe decir lo que calla el corazón.
Si lo miras fijo, ves lo esencial:
la vida es eso que salta y respira,
una chispa, un instante, un bien inmortal
que, aunque pequeño, todo lo inspira.
Cuando me observa, sé que me comprende,
sin juicio alguno, solo por amar;
en su ternura, el alma se defiende
del mundo frío que suele olvidar.
Pequeño Yorkie, guardián de alegría,
eres mi abrigo, mi calma, mi luz;
cada mañana es nueva poesía
si tus patitas corren hacia mi cruz.
Y cuando un día el tiempo te reclame,
cuando tu sombra se eleve al azul,
sé que en mis brazos siempre te hallaré:
sigues latiendo, pequeño yul.
soñar desde adentro y renacer día a día.
(Escribo Para Que El Silencio No Duela.)
Natuka Navarro – Luna Poetiza



