«El Canto del Ruiseñor En El Camino Del Sur»

«El Canto del Ruiseñor En El Camino Del Sur»

El caminante, de nombre Elías, tenía la mirada de quien busca oro en la arena. Su destino era el sur de España, y en su mente, solo cabían las cosas preciosas. No las joyas, no los palacios, sino la luz dorada en los campos de olivos, el azul profundo del cielo andaluz, el blanco cegador de los pueblos colgados en la sierra.

A su lado, posado en su hombro, iba su mejor amigo: un pequeño ruiseñor de plumas pardas y ojos vivaces. Lo había encontrado hacía años, caído de un nido, frágil y desvalido. Elías lo crió con paciencia y cariño, y desde entonces, el pajarito era su sombra, su compañero inseparable. El ruiseñor tenía una voz privilegiada, capaz de hilar melodías tan exquisitas que hacían vibrar el aire.

Mientras Elías avanzaba, otros caminantes se cruzaban en su senda. Algunos, al verlo tan concentrado en la belleza que lo rodeaba, le dirigían palabras amables. «¡Buen día, caminante!», «¡Qué hermosa mañana para andar!», «¡Que el camino te sea leve!». Elías, siempre cortés, respondía con una sonrisa y un «Igualmente», su voz suave como el murmullo de un río.

Pero había otros, con el alma quizás más pesada o la vida más áspera, que lanzaban malas palabras al viento. Quejas, insultos, comentarios agrios sobre el calor, el polvo o la dureza del viaje. Y aquí residía la magia de Elías: no las escuchaba. No porque fuera sordo, sino porque su atención estaba raptada por otra melodía.

En el preciso instante en que una palabra fea se acercaba a sus oídos, el ruiseñor en su hombro alzaba su pequeño pecho y estallaba en un canto. Un trino tan dulce, tan expresivo, tan lleno de vida, que opacaba cualquier disonancia. La voz del ruiseñor era un escudo de armonía, una burbuja de pura belleza que envolvía a Elías, impidiéndole percibir la fealdad. Elías, absorto en la melodía de su amigo, solo asentía o sonreía, sin registrar la negatividad.

Compartían la alegría del camino. Elías, con sus ojos fijos en los detalles hermosos de la dulce España que se extendía ante él: una buganvilla trepando por una pared encalada, el vuelo de una bandada de vencejos al atardecer, el perfil de una vieja ermita en la lejanía. Y el ruiseñor, cantando sin cesar, sus melodías eran la banda sonora de esa búsqueda de la belleza.

Para Elías, el dicho popular «si no lo ves, no es tu preocupación» no era una evasión, sino una filosofía de vida. No era negar la existencia de lo malo, sino elegir no darle entrada, no alimentarlo con su atención. Su amigo alado era la encarnación de esa elección: un recordatorio constante de que siempre había un canto más hermoso que el ruido, una melodía más potente que la queja.

Así, bajo el sol del sur, Elías y su ruiseñor avanzaban, compartiendo una España llena de luz, de vida y de la convicción de que, con un corazón abierto y un oído para lo bello, siempre habría un canto que nos protegiera del desánimo, permitiéndonos ver la dulzura que tanto queremos tener y compartir.

soñar desde adentro y renacer día a día.
(Escribo Para Que El Silencio No Duela.)
Natuka Navarro – Luna Poetiza

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