
«La Peregrina De Las Venas Verdes En Irlanda»
El avión aterrizó en la pista mojada de Dublín, y el aire fresco y húmedo de Irlanda me envolvió como un viejo abrazo. «Venas verdes me cruzan, firmes, vivas,» susurré, sintiendo la verdad de esas palabras en cada fibra de mi ser. Era un viaje, sí, pero también una confirmación. La savia y el coraje que fluían por mis venas, ese verde ancestral que siempre me había definido, ahora vibraba con la promesa de una tierra igualmente verde, igualmente antigua.
Desde el primer instante, sentí que la tierra me recorría sin demora. No era solo el suelo bajo mis pies, sino el musgo centenario de los muros de piedra, el aroma a turba y lluvia, el gris misterioso del cielo que prometía una explosión de tonos esmeralda. El bosque latía adentro, en mi pecho, sin disfraz, resonando con los bosques primarios que intuía en cada colina. Mi pulso era brisa que jamás imploraba, un susurro libre en hojas de agraz, una melodía que solo yo podía escuchar, una confirmación de que estaba donde debía estar.
Cada sendero cubierto de helechos, cada ruina de abadía envuelta en hiedra, narraba las batallas, vuelos y caídas de una historia milenaria. Y yo, con mi piel «con verdor comprometida,» sentía que esa historia también era la mía. Era el testimonio fiel de esta partida de mi antigua vida, de las expectativas que ya no me servían, y el regreso constante hacia la vida más pura, más esencial.
En los acantilados de Moher, con el viento azotando mi rostro y el Atlántico rugiendo bajo mis pies, no había espacio para adornos ni artificios. Solo esta verdad, este latido crudo y vital. Era el ser que ya respiraba lo no ido, la esencia inmutable que me había traído hasta aquí. La osadía sin ley ni sacrificio de simplemente ser.
Mi aliento se unía al de la tierra, verde y vibrante. En la savia que ardía dentro de mí, sentí la llama de existir sin preguntar, sin buscar validación. Mi sangre se compartía con la tierra ancestral, y en cada amanecer irlandés, con el rocío sobre la hierba y el sol asomando tímidamente, supe que estaba cumpliendo mi propósito. Había viajado hasta los confines de una isla para ofrecer al mundo, y sobre todo a mí misma, el arte de habitar; de habitar mi cuerpo, mi alma, y este vasto y hermoso mundo. Irlanda no me cambió; me reveló la verdad que ya fluía en mis venas verdes.
Soñar desde adentro y renacer día a día.
(Escribo Para Que El Silencio No Duela.)
Natuka Navarro – Luna Poetiza



